¿Porqué las mudanzas nos generan tanto estrés?

Si estás pando por una mudanza, sabes perfectamente a qué clase de estrés me refiero. De hecho, está entre los top 10 sucesos vitales que más estrés generan. Yo te explico el porqué.
1. No es lo mismo mudarse por gusto que por obligación
Lo primero que hay que tener en cuenta son las circunstancias de la mudanza. No es lo mismo que te estés mudando porque te independizas, donde habrán emociones amortiguadoras como la ilusión o la sensación de un logro personal, que si vuelves a casa de tus padres con 30 tras pasar un período de tiempo viviendo fuera, donde probablemente se den emociones como la frustración, tristeza o incluso sensación de fracaso. Elegir cambiar de casa porque queremos empezar una nueva etapa no sienta igual que tener que hacerlo porque no podemos seguir pagando el alquiler, porque se ha terminado una relación o porque las circunstancias nos obligan a volver a un lugar del que nos habíamos ido. Esto forma un coctel emocional muy potente.
En el primer caso, la ilusión y las expectativas positivas pueden ayudarnos a gestionar mejor el esfuerzo que supone el cambio. Sin embargo, cuando la mudanza viene acompañada de una pérdida, una decisión que no hemos tomado o unas expectativas que no se han cumplido, el proceso puede resultar emocionalmente mucho más complicado.
Y no siempre vamos a sentir una sola emoción. Puedes estar contento por tener una casa nueva y, al mismo tiempo, sentir tristeza por dejar la anterior. Puedes saber que has tomado una buena decisión y aun así tener miedo a lo que se viene.
2. Nuestro cerebro necesita tiempo para acostumbrarse
El segundo lugar, nuestro cerebro es un señor de costumbres. Los cambios no le gustan, incluso aunque sean deseados. Le gusta la rutina y que tu entorno siempre sea predecible. Cundo nos mudamos, todo cambia, dejas atrás rutinas que hacían que te sintieras seguro y que tenías el control. Tu cerebro necesita un tiempo para acostumbrarse a la nueva situación. Este interpreta lo desconocido como una amenaza y puede activar una respuesta de alerta como el estrés o la ansiedad, hasta que comprenda que estamos a salvo y no estamos huyendo de un león.
Cuando llegas a una casa nueva, tienes que volver a aprender un montón de cosas. Desde orientarte por el barrio hasta descubrir dónde están los supermercados, buscar un nuevo gimnasio, aprender el tiempo que tardas en aparcar y donde hacerlo, las nuevas ubicaciones de las cosas, y muchas otras. Incluso las tareas más sencillas pueden requerir más esfuerzo del habitual.
Esa falta de familiaridad puede contribuir a que nos sintamos más alerta, especialmente cuando coincide con cansancio, preocupaciones económicas o muchas tareas pendientes. Por eso, es posible que durante las primeras semanas te sientas más cansado, despistado o irritable de lo habitual.
3. Mudarse también implica un duelo
Las mudanzas implican también un duelo silencioso, de las rutinas, sitios de confianza, del barrio o entrono que estas abandonando, caras familiares que igual no conocías pero formaban parte de tu día a día. Una casa no es solo paredes y muebles sino es parte de tu identidad. También puede significar un cambio de etapa, deseando o no.
Quizá en esa casa empezaste a vivir por tu cuenta, compartiste años con una pareja, atravesaste una etapa complicada o construiste una vida desde 0. A lo mejor tenías una cafetería donde desayunabas los sábados, un parque al que ibas a pasear o unos vecinos con los que te cruzabas a diario. Puede que no fueran personas importantes para ti, pero formaban parte de tu paisaje cotidiano. Los lugares también están asociados a recuerdos, experiencias y momentos de nuestra historia personal.

4. La mudanza se convierte en un segundo trabajo
También se dan un montón de tareas y gestiones que incorporas a los quehaceres diarios ya establecidos, el tiempo que dedicabas a descansar durante un tiempo lo vas tener que dedicar a embalar o desembalar cajas, colocar cosas en su sitio, compras, limpieza, organización del espacio, altas y bajas de suministros, etc, mientras paralelamente sigues trabajando y cumpliendo con las obligaciones diarias.
Cuando acumulamos demasiadas tareas y decisiones, podemos sentir que no llegamos a todo. Esto puede traducirse en irritabilidad, dificultad para concentrarnos, sensación de saturación o una menor tolerancia a los pequeños contratiempos, sumado a por ejemplo el ya existente estrés laboral u otros. Además, es frecuente que dejemos en segundo plano cosas que normalmente nos ayudan a encontrarnos bien: hacer deporte, quedar con amigos, descansar o dedicar un rato a nuestras aficiones.
5. Los gastos imprevistos también son una fuente de estrés
Las mudanzas implican un gasto de dinero, no precisamente pequeño, entre fianzas, gastos de inmobiliaria si los tienes, muebles nuevos, llenar la despensa y frigorífico, etc, que pueden hacer peligrar nuestra economía unos meses.
A todo esto hay que añadir que el presupuesto inicial no siempre coincide con el gasto final. Siempre hay pequeños gastos que se van acumulando y que pueden acabar suponiendo bastante dinero. También podemos empezar a pensar en los próximos meses: ¿podré ahorrar?, ¿y si surge algún otro imprevisto?, ¿llegaré bien a final de mes?
La incertidumbre económica puede mantenernos en un estado de preocupación constante, especialmente cuando sentimos que tenemos poco margen para afrontar gastos adicionales. Además, el dinero puede estar relacionado con nuestra sensación de seguridad e independencia. Por eso, una mudanza que supone un esfuerzo económico importante puede generar tensión incluso cuando el cambio de vivienda es positivo y deseado.
Entonces, ¿cómo gestionar el estrés de una mudanza?
Aunque no podamos evitar todas las emociones ni eliminar el esfuerzo que supone cambiar de casa, sí podemos hacer algunas cosas para que el proceso resulte más llevadero.
- Organiza las tareas, pero sé realista. Haz una lista de lo que necesitas hacer y distribúyelo en varios días, siempre que sea posible. No tienes que dejar toda la casa perfecta el primer fin de semana. Prioriza lo imprescindible para funcionar en el día a día y deja lo secundario para más adelante.
- Intenta mantener algunas rutinas. En medio de las cajas, procura respetar ciertos horarios de sueño, comidas o descanso y actividades que sean importantes para ti. Conservar algunas referencias puede ayudarte a que el cambio no se sienta tan desbordante.
- No conviertas la casa en tu única prioridad. Aunque tengas muchas cosas pendientes, intenta reservar algún momento para pasear, quedar con alguien o hacer algo que te guste. Necesitas espacios en los que tu cabeza pueda dejar de pensar en cajas, muebles y gestiones.
- Pide ayuda y acepta que no vas a llegar a todo y desde luego no a todo a la vez. Repartir tareas, delegar algunas gestiones (si puedes) o pedir ayuda para x puede ahorrarte tiempo y energía. Y, si algo puede esperar, dejarlo para otro día también es una opción.
- Prevé los gastos que puedas y deja un margen para los imprevistos. Tener una idea del presupuesto disponible y separar, dentro de tus posibilidades, una pequeña cantidad para gastos inesperados puede reducir parte de la incertidumbre. No siempre podremos evitar los imprevistos, pero sí anticipar algunos de ellos.
- Date tiempo para sentir que esa casa es tuya. No tienes que sentirte como en casa desde el primer día. Poco a poco, al colocar tus cosas, descubrir lugares del barrio y construir nuevas rutinas, el espacio irá adquiriendo un significado propio para ti.

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